May 26, 2018

Hablando del Sector Editorial con Lana Fry

¡Hola!

Como ya os comenté el mes pasado, planeaba hacer una serie de entradas sobre cómo es el sector editoriañ y, gracias a Dios conozco a basatante gente para que me ayude con estas entradas. Si el mes pasado hablaba con Ediciones Labnar, este mes hablo con mi amiga la autora Lana Fry. 

Este post es totalmente disitnto del que os traje el mes pasado porque en lugar de hacerlo en formato entrevista, Lana y yo decidimos que yo le diría lo que quería que comentase y, sobre eso ella escribiría. Queríamos innovar porque ya publiqué una entrevista con esta maravillosa autora y amiga, que os dejo aquí

Así que sin más dilación os dejo con las impresiones de Lana sobre el proceso de autopublicar. 


Empezar a escribir, para mí, es fácil. Otra cosa es que lo haga. Muchas veces no necesito más que el chispazo de una idea para ponerme a teclear como una loca o, si no tengo un ordenador delante, usar una nota del móvil o la libreta. ¿Y la de veces que he soñado algo que recuerdo al día siguiente y me parece una idea cojonuda para empezar una novela? Me faltarían dedos en las dos manos para contarlas todas.

En ese aspecto soy muy impulsiva, algo que no me ha ido muy bien con los años. «Si el plan no funciona, cambia el plan, pero no la meta». Lo que me ha costado aprender a mí esto. Me empecinaba en ponerme a escribir nada más me venía la idea y el resultado siempre era el mismo al final: quedarme a medio camino. Con ilusión y ganas se llega a cualquier sitio, me decía… sí, pero no en mi caso. Me faltaba ser algo previsora y dejar madurar un poco esa idea genial para ver si después seguía siéndolo. Si la respuesta era afirmativa, entonces empezar a planear lo más básico y tener siempre un punto al cual llegar. Si era negativa, podía ser por dos cosas: que la idea no era tan buena como creía y, por lo tanto, no había mucho jugo que sacar o, por el contrario, lo único que necesitaba era un cambio de perspectiva.

Pide un deseo fue una de las pocas que conseguí terminar y, a día de hoy sigo sin saber cómo lo hice porque no planifiqué nada. Claro, ahora lo lees tiempo después y encuentras cosas que te hacen querer darte cabezazos contra la pared porque piensas que, de haberlo planeado más y mejor, podría haber quedado mucho mejor.

Pero todo es cuestión de aprender y estos errores son los que me han hecho ver cómo NO tengo que hacer las cosas de ahora en adelante.

Deberíais ver lo mucho que ha cambiado mi mentalidad a la hora de ponerme con la siguiente novela. Nada que ver con todo lo hecho anteriormente. He cambiado el plan, como decía la frase de arriba.

Para empezar, la idea lleva madurando en mi cabeza más de dos años. De hecho, empecé con ella cuando Pide un deseo ni siquiera era un proyecto de nada. Le di vueltas y más vueltas a la trama; me sentía como si estuviera delante de un puzzle de 1500 piezas, de las cuales solo se necesitan 1000 para completarlo. Unas cosas sirven, y otras, no. No me servía meterlas con calzador porque sabía que, a la larga, no funcionaría. Con esto peco un poco de Síndrome de Diógenes… intento guardar todas las ideas que voy desechando porque, quién sabe, a lo mejor me sirven para otra historia.

Con #ProyectoTTM, bautizado así provisionalmente hasta que pueda decir el título completo, tengo un precioso y enorme tablero de corcho lleno de post-it de colores. Llegados a este punto, tengo que decir que mi cabeza, cuando planea, piensa en escenas. Luego, estas escenas pueden convertirse en capítulos o no. He dicho que son de colores los post-it, ¿verdad? Pues bien, tengo la costumbre también de escribir desde el punto de vista de los dos personajes protagonistas. Si la escena en cuestión es desde el punto de vista de L, pues el papelito es rosa, y si es de K, pues en azul. Me resulta muy fácil y visual.

Después, tengo una tabla de Excel súper chula en el que esas mismas escenas las sitúo en el tiempo. Esta segunda novela dura lo que es todo un curso universitario y hay unas cuantas escenas que tienen su momento concreto. Viendo el calendario, me hace ver mejor si las escenas se apelotonan en un espacio de tiempo muy corto, mientras que hay partes que están vacías. Me ayuda a darle una mejor continuidad temporal.

Luego está la famosa libreta en la que guardo hasta planos de las viviendas (hechas muy cutremente, todo hay que decirlo), puntos que tengo que tener en cuenta para cuando me toque revisar, frases que me han venido a la cabeza y no quiero que se me olviden, escenas bosquejadas de forma rápida a la espera de que le llegue su momento dentro de la trama para ser desarrolladas, y un montón de cosas más.

Pero nada de esto tendría sentido sin los personajes. A veces me hace gracia cuando, al leer reseñas, la gente dice que le ha encantado tal o cual personaje, que le ha cogido cariño. Yo lo he hecho como lectora, pero luego como escritora pienso: si un lector opina eso y conoce solo una parte… ¿cómo me sentiré yo sabiendo todo lo que sé de él? Estoy en su cabeza, en su corazón y en su cuerpo; es como una extensión de mí misma. E intentar ponerme en su piel para saber qué haría y qué no, o preguntarme porqué responde así cuando sería más fácil decir otra cosa, es algo que no tenía en cuenta antes. Ahora, me doy un tiempo para conocer a los personajes, para saber qué les motiva y les mueve, que esconden bajo esa sonrisa o esa triste mirada. Tengo que saberlo, ¿no? ¿Cómo puedo escribir si no sé nada de ellos? Siempre hay que dejar un pequeño margen para que te sorprendan, pero conocer a los personajes es algo muy importante. La historia gira en torno a ellos y, si ellos no son coherentes, la historia, por muy buena que sea, tampoco lo será.

Si hay algo que todos los escritores temen, al menos, la mayoría que yo conozco, es el típico bloqueo. Mis bloqueos anteriores venían por una falta de planificación que me llevaba a frustrarme ante el primer inconveniente para el que, obviamente, no estaba preparada. Ahora, puedo tenerlo todo planeado, pero seguir bloqueándome. Todos tenemos problemas en casa, en el trabajo o en las clases; podemos no encontrarnos bien un día o levantarnos con pocos ánimos. Todo esto influye y quitan las ganas de hacer algo. Al principio, me empecinaba en estar delante de la hoja en blanco hasta que me dolieran los ojos y la cabeza. Tenía que salir y de ahí no me movía hasta que no lo hiciera, aunque luego fuera una auténtica basura. Lo sigo haciendo, que conste. Más que perseverante podría que decir que soy cabezota, la diferencia ahora es que, si me paso dos días y no sale nada, me voy a hacer otras cosas. A mí, personalmente, no me sale forzándolo.

Durante esos días, la idea de abandonarlo todo pasa por la cabeza. Vuelves atrás y piensas que lo has hecho todo mal desde el principio, que lo mejor sería que lo tiraras todo a la basura y empezar de nuevo otro proyecto porque estaba claro que esa idea era una mierda. Lo he pensado y sé que lo pensaré en futuros proyectos. Me considero una persona con una confianza en sí misma llena de altibajos. Igual un día puedo creer que mi novela va a petarlo todo y que mi protagonista romperá corazones allá por donde vaya, como pensar, esa misma tarde, que no va a llegar a ninguna parte. Me dicen que soy muy exigente y tienen razón. Pero, ¿sabes qué pasa? Cuando le has puesto tanta ilusión a un proyecto y las expectativas que te habías creado no han llegado a cumplirse ni de lejos, te enfadas contigo misma. Piensas: «debería haberlo hecho mejor. Tengo que hacerlo mejor» Y lo haces, te exiges más en el siguiente proyecto hasta el punto en que no te permites ni un solo error.

Esto no es bueno tampoco y cuesta desprenderse de esa sensación de fracaso cada vez que las cosas salen mal.

Pero como he dicho antes, toca seguir aprendiendo.

Una vez terminado el proyecto (con las correspondientes revisiones y correcciones), llega el momento de pensar en qué vas a hacer con él. La primera opción de la mayoría es mandarlo a una editorial y también fue mi único pensamiento mientras lo escribía. Publicar con editorial es un sueño para todos los que escribimos, aunque los hay que prefieren ir por libre y controlarlo todo ellos mismos. Entonces, ¿por qué opté por autopublicar Pide un deseo y no terminé por mandarlo a editorial? El factor tiempo fue determinante. Una vez acabada la novela, yo quería verla en el mercado lo más pronto posible, sin tener que esperarme a una respuesta que posiblemente nunca llegaría. El miedo a esta negativa también fue un factor a tener en cuenta.

Es duro autopublicar y más si es la primera vez. El poder de control que te da tiene sus desventajas también. A mí me ha ido bien en las partes relacionadas con el libro: maquetación, subida del ejemplar y demás. La parte promocional es la que no llevo tan bien. ¿Sabéis la cantidad de libros que salen al día? Es una burrada. Ante esa avalancha, no importa si tu novela es buena o mala, lo que importa es que hagas el ruido suficiente para que alguien te escuche y se dé cuenta de que estás ahí. Y no es algo que haces cuando sale el libro y luego te olvidas. Para nada. Si no quieres ahogarte en todas las novedades que salen al día, más te vale seguir haciendo ruido para que, los pocos que te conocieron, no te olviden. No es fácil de asimilar que haya una memoria tan a corto plazo, no cuando tu memoria todavía no ha olvidado los meses y el trabajo duro que te ha costado.

Ser autopublicado no es fácil, a no ser que lleves ya unas cuantas novelas a tus espaldas y que goces de cierto renombre. Pero para llegar a eso, hay que pelear y trabajar muy duro. Todos los días. Sigo trabajando esto aunque es lo que peor llevo. Soy tan tonta que piensa que estoy siendo pesada si subo dos o más posts sobre mi novela. Hay gente a la que no le importa y spamea todo lo que quiere y más. ¿Un término medio, por favor? Gracias.

Con #ProyectoTTM, voy a intentarlo primero con editorial. No porque no quiera autopublicar, sino porque es el orden más natural. Primero editorial y, después, autopublicar. Me estoy mentalizando para que, si en la editorial dicen que no, no creer que ha sido un fracaso o pensar que la novela es una mierda. Hay muchos motivos por los que pueden no coger tu novela. Una negativa no es cerrarte todas las puertas, es abrirte otras.

Un punto a tener muy en cuenta, es la parte económica. Da igual si tu idea es ir por libre u optar a probar en medios tradicionales; hay cosas que creo que son necesarias en las dos partes.

Para empezar, hay que contratar un buen corrector ortotipográfico y de estilo. Y posiblemente pensarás: ¿Por qué contratarlo si solo quiero mandarlo a editorial y allí me lo corregirán? Muy sencillo: porque no todas las editoriales tienen correctores y por experiencia te diré que es muy vergonzoso que, de tu novela, lo único que destaquen sean las faltas ortográficas. Son hechos puntuales, no estoy hablando de que todo el mundo lo haya hecho, pero basta esa mala crítica para agriarte todo el buen sabor que te habían dejado las primeras. El colmo fue que yo sí contraté a una correctora pero mi error fue confiar demasiado, creyendo que me lo dejaría perfecto y que no tendría que preocuparme después de eso. MAL. El resultado final dejaba mucho que desear y pecar de ese error de exceso confianza es algo con lo que llevo cargando desde entones y que, aún a día de hoy y después de tener meses la novela en el mercado, me afecta a la hora de promocionarla.

Por otra parte, también he leído novelas de editoriales plagas de errores. ¿El problema? Que esos errores no son tan graves que si los cometiera un autopublicado. La cosa está en que no es el error el que dicta su propia gravedad, sino que esta la concede el ojo que lo mira, los prejuicios. Si esa misma persona que me detectó a mis los errores, lo hubiera hecho siendo yo una autora de editorial, tengo clarísimo que no habría pedido que le devolvieran el libro como sí quiso hacer con Amazon.

Hay que contratar un buen corrector, pedir referencias, buscar más exhaustivamente y no quedarse con el primero que te haga el precio más bajo. Es una inversión, no un gasto, y aunque duela ese desembolso, te aseguro que luego lo agradecerás.

El dinero es el quebradero de cabeza de todo el mundo y más para un autopublicado: a no ser que seas un manitas en todo, tendrás que contratar, aparte del corrector, un diseñador gráfico que te haga la portada. He visto verdaderos horrores por ahí. Además, si quieres dar algún detalle a tus lectores en alguna presentación o evento, tendrás que hacerte con unos marcapáginas, postales o chapas, que tan de moda están ahora.

¿Oís cómo suena la caja registradora?

Espera, que suena otra vez: el registro en la Propiedad Intelectual.

Es muy complicado recuperar la inversión económica.

Y no solo es el bolsillo el que va menguando, sino la confianza contigo mismo y tu trabajo con las críticas. O la falta de ellas, en todo caso. Si te paras a pensarlo, la indiferencia es peor que una mala crítica. En ella, la persona se ha tomado su tiempo para escribirla, te considera lo bastante importante como para hacerlo. ¿Tenéis idea de lo que duele ver que la gente se lee tu libro pero que ni siquiera dedica dos segundos a ponerle alguna estrella? Ya no estoy hablando de una reseña, sino de una maldita puntuación. Se nota el resquemor, ¿verdad? Pero es que es así de cierto. Tú le has dedicado meses de tu vida a ese trabajo para luego recibir esta indiferencia.

Aun con todo, publicar un libro es una experiencia que estoy deseando repetir. Estoy a nada de terminar la escritura del primer borrador de #ProyectoTTM y no veo el momento de verlo en el mercado, me da igual el método que sea. Escribo porque me gusta, y aunque a veces esto me dé más momentos de cal que de arena, vale la pena todo cuando ves llegar tu primer ejemplar de prueba y compruebas lo bonito que ha quedado. Entonces piensas: «joder, todo esto lo he hecho yo. Es mío». Y te crees capaz de cualquier cosa.

Escribir no es fácil y quien diga lo contrario es que nunca se ha parado a hacerlo de verdad. Es más que juntar una palabra tras otra.

Es una cuestión de orgullo y perseverancia, de desgarrarte a veces a ti misma para poder ponerte en la piel del personaje y transmitir lo que buscas. Escribir mientras ves borroso por las lágrimas es una sensación indescriptible.

Es pensar que estás haciendo un trabajo solitario pero que no tiene porqué serlo. O asimilar que no todos van a ir de buen rollo y que habrá gente que intentará ponerte la zancadilla.

Es admitir que te corroe la envidia cuando ves que otras personas consiguen lo que tú quieres y preguntarte, en tono de queja, porque ellos sí y tú no.

Es mentalizarte para borrar partes enteras en un solo click cuando, a lo mejor, te has pasado semanas escribiéndolas.

Es saber agachar la cabeza cuando te dan consejos y no clavar las uñas en las palmas de las manos porque te gustaría rebotarte, pero no lo haces porque sabes que tienen razón.

Es saber ser capaz de felicitarte si las cosas salen bien y no ser siempre tan exigente y duro contigo mismo.

Escribir es muchas cosas y para cada uno, serán cosas diferentes.

Muchas gracias a Lana por haber compartido su experiencia conmigo para esta serie de entradas. Os dejo sus redes sociales, así como el link de compra de Pide un deseo, del que podéis leer mi reseña pinchando aquí. Y, si leeis el libro o, ya lo habéis leído NO OS OLVIDÉIS DE DEJAR AUNQUE SEA UNA PUNTUACIÓN. 

Twitter de Lana: @lanafry_

Nos vemos la poxima semana con una nueva entrada. 

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